Constituciones

Jaime Elio Quintero García

La reciente aprobación del Congreso de la Unión para convocar a un congreso constituyente que redacte lo que será la Constitución de la Ciudad de México, y su inclusión como el estado 32 de la federación, ha despertado en los medios y juristas nacionales una idea de salir del histórico reformismo al neoconstitucionalismo. Es decir, analizar y juzgar (por la vía del comentario reflexivo de algunos académicos, para el primer caso y de los actores y organizaciones políticas para el segundo), si es conveniente seguir el mismo proceso y construir una nueva Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.

Opiniones van y vienen, a favor y en contra, mas casi todas concluyen en que si algo hay que criticarle a la actual Ley Suprema (que data de 1917 y el próximo año cumplirá cien años de vigencia), es su obesidad, el abuso que los partidos y congresistas han cometido de elevar a rango constitucional preceptos específicos que corresponden más a las leyes secundarias. Razones para eso hay muchas, que en parte justifican tan excesivo ejercicio; mas la principal y eminentemente práctica, parece ser la desconfianza de que algo que está en la Constitución es garantía de cumplimiento.

En tal razón, amigo lector, quiero comentarle hoy algo publicado recientemente por el jurista Pedro Salazar Ugarte, en el número 48 del mes de febrero de la revista Nexos, bajo el título de “Longeva, parchada y deformada: Qué hacer en 2017 con la Constitución de 1917”. En verdad se trata de un trabajo muy bien elaborado, con una didáctica muy buena, lenguaje llano y comprensible a la primera lectura.

Ciertamente de muy recomendable. Inicia el autor su trabajo, formulando una pregunta muy sencilla: ¿Para qué sirve una Constitución? Y continúa diciendo: Sirve desde lo político para superar momentos de crisis, para catalizar conflictos y canalizar disputas de poder. Para demostrar lo anterior, el autor pone un ejemplo que viene muy a la mano de todos.

Dice Pedro Salazar a la letra: Cuando en México se requería pacificar los ánimos y ansias de poder de los líderes revolucionarios e institucionalizar la lucha por el poder, se discutió en el Congreso constituyente y, se aprobó la Constitución de 1917. Lo mismo sucedió en España a la muerte de Francisco Franco en 1978 y en Colombia en 1991, y en otros países más.

Lo cual define a las constituciones como un medio para superar coyunturas políticas difíciles, razón por la que se considera que las constituciones son pactos políticos antes que instrumentos legales. En lo personal, me parece que el argumento planteado por el autor es de gran peso y congruente, en alguna medida, con la muy señalada obesidad de nuestra Constitución.

Ya que lo que en ella se plasma aun siendo, al parecer, más competencia de las leyes secundarias, se opta por subirlas al nivel constitucional, en virtud de que algunas, no todas por supuesto, devienen de un pacto político entre bancadas partidistas y de temas conflictivos y de complejos posicionamientos ideológicos o programáticos entre partidos políticos.

Créame amigo lector, que la publicación del doctor Pedro Salazar no tiene desperdicio, es un documento de cinco cuartillas que usted las puede leer en diez minutos, y abrevar un conocimiento muy útil, para calificar lo que en los medios noticiosos dicen los políticos, acerca de este delicado tema, que al parecer cae más en lo especulativo, novedoso y en buena medida de culpar injustamente a la Constitución y a las leyes, de todos los males habidos y por haber.

 

GRACIAS POR SU TIEMPO.