Ramón Durón Ruiz

Con un saludo y felicitación a mi amigo Luis Enrique Rodríguez Sánchez por su cumpleaños.

Se cuentan por cientos los dones que Dios entregó al hombre, hecho a su “imagen y semejanza”, uno de ellos es el buen sentido del humor, pero la crisis económica y la violencia en la que se desenvuelve el mundo contemporáneo parecen conspirar contra éste regalo de vida.

Mientras los niños de todas las razas, de todos los credos, de todos los continentes, de todas las edades, no requieren grandes cosas para ser felices, cuando vibran en armonía con la vida, gozando a plenitud través de la risa y del sentido del humor, que los hace salir rápidamente de la enfermedad, o de los problemas, evitando el dolor y teniendo una percepción optimista de la vida.

Los adultos, conforme pasa el tiempo, vamos perdiendo la generosa capacidad de reencontrarnos con nosotros mismos y de armonizar nuestro cuerpo con la mente y el espíritu, por una simple razón: el entretejido y la velocidad con la que se mueve el mundo moderno nos han conducido a la búsqueda del poder, del dinero, de lo superfluo, haciéndonos olvidar algo sustantivo en nuestra vida. Reír.

A nadie le gusta convivir con una persona que permanentemente está de “mal genio”; por el contrario, una persona que vive con la sonrisa en su semblante es bien recibida en cualquier lugar, porque una sonrisa tiene la magia que ilumina el rostro y, abre todas las puertas, facilita el camino para llegar a nuestra alma… y a la de los demás.

El buen sentido del humor ayuda amorosamente a nuestro cuerpo, generando un estado de bienestar que fortalece nuestra autoestima y la confianza en nosotros mismos, a la vez que ahuyenta la depresión, las enfermedades psicosomáticas y los pensamientos negativos –que tanto dañan nuestra vida–, porque a través de la risa las glándulas de nuestro cuerpo producen las endorfinas, regalándonos un buen estado de salud.

¿Qué hace diferente al mexicano que a pesar de la crisis económica y de la inseguridad pública puede tener la capacidad de disfrutar de la vida?, nada más que el buen sentido del humor y su fruto más generoso: la risa, que nos hace redimensionar nuestra existencia.

Un amigo comentaba que un maestro de la escuela de su nieto le preguntó que cómo veía la crisis. “¿Crisis?, si tengo 90 años y desde que nací mi familia ha vivido en crisis, mal vistiendo, mal comiendo, con una modesta casa de palma, trabajando al día”.

Lo que pasa es que mientras él come para vivir, nuestra sociedad vive para comprar, tenemos una dimensión diferente de la vida; para mucha gente el éxito se mide por lo que adquiere, lo que viste o lo que tiene; para mí el éxito es tener salud y amor en la familia y luego gozar a cada paso del milagro diario de la vida.

Pero este viejo Filósofo sabe una cosa que no ha podido hacer la crisis global que ha arrasado con una cuarta parte de la riqueza económica del orbe: acabar con el buen sentido del humor del mexicano, ése que a pesar de que todos hemos perdido con esta crisis, nos salva de cualquier infortunio porque es la manera más extraordinaria de florecer ante el dramatismo de una economía que no encuentra la salida del atolladero.

Generoso el humor del que gozamos, que como bálsamo sagrado hace que los males sean menos, porque nos lleva a tener en plena adversidad una percepción positiva de los acontecimientos, dejándonos una simple enseñanza: “Cuando pierdas… no pierdas la lección”.

No viva siempre triste. El buen humor, la risa, el descanso, la alegría, recuperan la salud y traen larga vida. La persona alegre tiene el don de alegrar el ambiente donde vive. “El buen humor nos salva de las manos del doctor”. “La alegría es salud y terapia”.

A propósito de compras, “una dama de muy ‘buen ver’ se encontraba en la lujosa recepción de una agencia de autos alemanes, revisaba meticulosamente cada uno de los vehículos, de repente queda prendada por la belleza de un auto deportivo, comienza a recorrerlo palmo a palmo, pero al agacharse tratando de sentarse en el asiento del piloto se le sale un sonoro efluvio; apenadísima voltea en todas direcciones, por si alguien la escuchó, al voltear hacia atrás, se encuentra que precisamente ahí está un vendedor que educadamente se pone a sus órdenes: –– ¡Señorita! Buenas tardes, veo que le gustó éste automóvil, ¿puedo servirle en algo?

–– Me puede decir cuál es el costo de éste vehículo –pregunta la dama al amable vendedor disimulando su pena.

–– ¡Por favor, señorita! –responde el vendedor–, si con tan sólo sentarse se le salió la más sonora irradiación, si le digo el precio ¡SE VA A HACER EN LOS CALZONES!”

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