Norma Ledezma de Hernández

Vino el Papa ¿y qué?

Pues se ha ido el Papa, como toda historia, tiene un final. Su presencia en nuestro territorio deja a millones de mexicanos “tocados” por el amor de Dios. Se va, pero deja mensajes muy claros, directos y fuertes para toda la sociedad: para obispos y sacerdotes, para los políticos, para los creyentes, para las familias, para los indígenas, para los jóvenes, en fin, para todos los mexicanos.

Con el paso de los días, las emociones fueron en aumento, el entusiasmo iba encendiendo no sólo a él, sino a los millones que tuvimos la dicha de seguir por televisión su recorrido y a los bendecidos que tuvieron la oportunidad de verlo en persona o participar de alguna celebración.

A cada mensaje que daba el Papa, miles y miles de personas tuiteaban o publicaban alguna de sus frases o parte de sus mensajes, cientos de artículos se han escrito en torno a él. Pero más que las palabras del Santo Padre, lo que convence es su testimonio de humildad, su sencillez, su sonrisa honesta y llena de amor, porque las palabras se quedan en el papel y se hacen huecas, pero verlo vivirlas, convence y motiva y eso, no es fácil. Pero lo verdaderamente importante es, ¿qué tanto de esos mensajes lograron calar y quedarse en el corazón de las personas? ¿Habrá un cambio de “dirección” en sus vidas?

Todos los eventos me gustaron, pero la Misa en San Cristóbal de las Casas, llena de colorido, de sincretismo religioso, de tradiciones autóctonas y de apertura por parte del Vaticano para que hubiera todas las tradiciones chiapanecas propias de esta celebración, con todo y danza ritual, me maravilló.

Pero dos instantes llenaron mi corazón y perdurarán por largo tiempo: cuando le entregan la Biblia traducida en diferentes dialectos, que representa el trabajo de muchísimos años de diferentes personas que pusieron su esfuerzo para dar vida, vida que llega en abundancia a través de la palabra de Dios y el otro instante fue, cuando dos reclusos del CERESO de Ciudad Juárez, al momento en que el Papa se acerca a ellos, se toman de su mano, como si aquella mano representara su libertad, se arrodillan, esconden la cabeza en su pecho, quizá porque se sentían “indignos”, mientras lágrimas corren por sus mejillas y Francisco, nunca los soltó, los veía con una ternura infinita, los veía sólo como un alma desprovista de soberbia puede ver, como ve alguien que está lleno de misericordia. No expresaba nada y bajando su mirada, segura estoy que le pidió a nuestro Buen Padre Dios, que sanara sus almas y finalmente les dice algunas palabras. Créeme amigo lector, que las lágrimas vuelven a mis ojos al recordar aquella escena.

¿Qué ironía no? Ellos se avergüenzan tal vez, porque la autoridad los ha señalado con un distintivo, un uniforme gris y su pelo a rape, mientras que otros vestidos con trajes de los mejores diseñadores, no sólo lo saludaron con la frente en alto, sino con orgullo, como si la sociedad no supiera, de los muchos errores cometidos.

Y como en toda historia feliz, lamentablemente no faltan los agoreros; ya son varias las voces o publicaciones que he escuchado o leído que dicen: “Por eso, vino el Papa y eso ¿qué arregla?” “Ya se fue el Papa y ¿ahora qué?”, “¿Por qué no levantó la voz contra el Gobierno?”, quizá lo que me duele de esos comentarios, es que provienen de “distinguidos” católicos, a ellos les quiero responder con un fragmento del mensaje de Hernán Quezada SJ, director de Vocaciones de la Compañía de Jesús:

“El Papa ha hablado como pastor, como profeta, nos ha anunciado y convocado. Él no tiene que solucionar el desorden de nuestra casa, él no tiene que reclamar los platos rotos; nuestro pastor nos convoca a hacernos cargo de nuestra propia realidad, a ir al encuentro y solidarizarnos con las víctimas, nos invita a trabajar por la construcción de un México distinto, esto, sostenidos e inspirados por Dios.

Algunos dirán: no dijo, no hizo, no fue, no reclamó. Es buen momento para preguntarnos: ¿Yo qué digo? ¿Yo qué hago? ¿A dónde voy? ¿Qué reclamo?

Esta nación ha llorado mucho, quizás es tiempo de mirar de nuevo.

Esta reflexión me brotó cuando escuché a las religiosas, religiosos, sacerdotes, seminaristas, contar 43 allá en Morelia. ¿Qué no es esa la voz de la Iglesia? ¿Qué no nos toca a nosotros no olvidar? El pastor nos convocó, nos reunió, nos anunció su palabra, y nosotros juntos, llenos del Espíritu, seremos capaces de hacernos cargo, de construir un México distinto, de reconciliar y de trabajar creativamente en la transformación de nuestra riqueza”.

Tenía que ser un Jesuita el que respondiera como sólo ellos saben hacerlo, aceptando y enfrentando su responsabilidad en la construcción de una sociedad más justa, equitativa y con oportunidades para todos. No esperando a que el Papa hubiera dejado un manual con instrucciones en el que nos diga qué hacer.

Es en estos momentos de fervor religioso, en que las autoridades eclesiales deben convocar a mesas de análisis de los diferentes mensajes pronunciados, a puntos de acuerdo, a lluvias de ideas, a establecer compromisos, a que no queden en el aire pues, las palabras de este gran hombre y no porque las dijo él, sino porque están provistas de un gran valor.

Para muchos, el Papa ha llegado tarde, ha llegado cuando miles de personas han decidido abandonar la religión católica, ya sea porque no han encontrado respuesta a sus necesidades o por los tristes y lamentables casos de pederastia o ya sea porque los que nos decimos “fieles” no hemos sabido dar testimonio de la sencillez con que vivía Jesús y del amor inmenso de nuestro Padre Dios y esto incluye a consagrados y laicos. Ya lo decía Gandhi: “Creo en Cristo, pero no en los cristianos”.

Ojalá no sea tarde para nosotros cambiar el rumbo de nuestra vida, cambiarlo hacia la construcción de un México, en el que como decía el sumo Pontífice: “no existan mexicanos de segunda o de cuarta”. Cambiar nuestra vida hacia los demás, porque es ahí, especialmente en los más débiles y necesitados, donde Dios quiere y nos pide que vivamos la misericordia.

Facebook: Norma Ledezma Aguilar

 

 

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