Mariano Báez Aguilar

Matamorfosis del lenguaje

“Es tan ligera la lengua como el pensamiento, y si son malas las preñeces de los pensamientos, las empeoran los partes de la lengua

Cervantes.

 

 

El lenguaje es cosa viva como los árboles, según afirmaba Horacio. La filología moderna censura a los escritores del día, acusándoles de corruptores del lenguaje. Dice que faltan a las leyes más elementales, etimológicas, gramaticales, históricas y lexicológicas. Dice también, entre otras muchas cosas, que los escritores modernos abusan sobremanera del extranjerismo, sin tener en cuenta el caudal de preciosos vocablos que posee nuestro idioma, ricos, fluidos y clásicos, incapaces otros de sustituirles. Todo ello está bien, pero la filología, al parecer, no ha tenido en cuenta el progreso del lenguaje.

Todas las lenguas, así como los pueblos, tienen su marcha progresiva, y la gente se adapta siempre al uso y costumbres establecidas, tendiendo a desechar lo tradicional como cosa muerta. El raciocinio tiene en cada lengua su modo peculiar y lo que al parecer confirma esta conjetura es que en todas las naciones del mundo sigue el lenguaje las mismas vicisitudes de las costumbres, y con ellas se conserva o se altera. La estructura, pues, de todo lenguaje original infaliblemente tiene que sujetarse a cambios y tomar nuevos giros, como todo tiende a la modificación por efecto de la acción del tiempo y el gusto de las nuevas generaciones.

El lenguaje de un pueblo sigue, como todo lo que le rodea, la marcha progresiva de la vida, que así lo exige y se adapta a las necesidades el ambiente, como todo aquello de imprescindible uso se adapta forzosamente a la nueva corriente. Es la Ley de la evolución. El niño empieza su vida destruyendo, y el hombre, ¡qué es sino un niño muy grande que lleva dentro de su alma el germen destructor del progreso! La pronunciación o práctica del idioma es la causa de los mayores cambios de éste, pues cada región se pronuncia de una manera distinta.

Desde el momento que un idioma se habla en muchos pueblos diferentes por la raza, cultura y costumbres de sus habitantes, comienzan a introducirse en él variaciones y cambios de pronunciación. Muchas veces ocurre que estos cambios llegan a alterar no solamente la forma, sino también la significación de las palabras, y así, poco a poco, van formándose idiomas nuevos. Por eso la gramática, en todos los tiempos y países, sufrirá continuas transformaciones pues de no ser así quedaría reducida a la categoría de un libro viejo e inservible por estar fuera de uso.

Bien es verdad que algunos escritores abusan del vocablo francés y otros muchos usan el inglés con sobrada frecuencia; éste es otro vicio como el abuso del latín. Nuestro lenguaje es rico, armonioso, y no se ve la necesidad de recurrir al extranjero en busca de un diccionario, cuando tan fácil se nos brinda en casa. De todos modos, con pureza de lenguaje o sin ella lo que faltan son lectores que ayuden a salir a nuestra literatura de esa vida lánguida que padece.

El bable de Asturias, España, es una especie de castellano antiguo, que lingüistas como Benet reputan de castizo y verdadero, aunque sólo lo habla la gente del campo. El buen léxico relegó hace ya tiempo el lenguaje de sus abuelos, diciéndolo de rondón a las masas de trabajadores, que menos meticulosos aun se engalanan con él.

La metamorfosis que sufre el lenguaje, como la sufren todas las cosas humanas, no depende de nosotros el poderlas evitar; ello es forzoso; es la ley de la vida; es una transformación que rompe los viejos moldes para establecer otros modernos; es la ineludible ley del progreso; las nuevas normas de la civilización que lleva grabadas en fondo de su alma todo el género humano.

 

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