Cada chango a su mecate

Alicia Caballero Galindo

—Procopio, ¡Procopio, por Dios! ¿no oyes que te hablo?

Levantando con pereza el sombrero que le cubría la cara, el hombre en cuestión entreabrió los ojos y bostezando ruidosamente estiró las piernas sobre la tierra recién regada; recargado en la pared lateral de su casa, trataba de echarse una siestecita; escapando de los reclamos de Maclovia, su mujer; estaba harto de ser presionado constantemente; él trabajaba en la labor todo el santo día y creía tener derecho a descansar sin escuchar las diarias letanías; apenas lo veía llegar y empezaba:

“Pa’ nada nos alcanza con lo que sacas” “habías de buscar otra cosa qué hacer” “yo me la paso todo el día en la friega de la casa” “me duele el espinazo por las noches y a veces no duermo” “ya no cabemos en esta casa, necesitamos otro cuarto” etc, etc, ya se las sabía de memoria…

Esa tarde lo sacó de base una nueva queja: “ni que fuera tan difícil lo que haces” “pa’ eso ni estudiar hace falta” “cualquiera le atora”…. aquel comentario le pegó en el codillo, pero no dijo nada; se fue a buscar leña antes que oscureciera sin decir palabra; algunas tardes lo hacía y juntaba suficiente madera para varios días. No tenía caso hablar, su mujer era así; pensaba que su pasatiempo era ese, quejarse y molestarlo. Agarró su hacha y se fue silbando para no escucharla, seguía hablando y hablando…mientras caminaba pensó que era al revés; el trabajo que su mujer hacía… cualquiera podía hacerlo.

Caminando hacia el monte que estaba cerca, recordó que había dos árboles secos; ya estaban buenos para leña, los cortaría antes que se los ganaran. Cuando llegó, Carmelo su vecino, tuvo la misma idea y ya estaba haciendo leña, lo bueno era que había para los dos;

—¿Ya mero Carmelo?, la madera está bien seca; especial pa’ leña, no tendremos que ir más lejos, esto nos alcanzará pa’ varios días.

—Sí Procopio, pero debemos llevárnosla toda antes que otros vivos nos madruguen.

— Pues a darle, “que es mole de olla ja ja”

Mientras platicaban, con gran habilidad, cortaron los dos árboles secos e hicieron leños manejables para poder cargarlos hasta sus casas. Terminado el trabajo, casi cerraba la noche pero se sentaron un rato a fumarse un cigarro y descansar para cargar la leña hasta sus casas.

—Te veo tristón Procopio ¿qué te pasa? Estás callado, y mustio.

Procopio no era dado a platicar sus cosas pero tenía que decirle a alguien la socavada que le dio su mujer y le platicó a Carmelo que le había dicho que su trabajo cualquiera lo hacía. Después de contarlo pareció sentirse avergonzado de hacerlo. Carmelo, con más experiencia, llevaba 30 años de casado, se rascó la cabeza y le dijo a su amigo.

—Mira Procopio, las mujeres no valoran lo que hacemos; llévatela a la labor y que haga lo mismo que tú a ver si aguanta la friega; ¡fácil!.

Procopio se quedó en silencio y le pareció buena idea; seguro que lo haría y así aprendería cómo se ganaba la vida y el pan de los suyos. Se despidieron y Procopio empezó a planear su estrategia; tenía dos azadones y al día siguiente debía hacer nuevos surcos para sembrar la semilla nueva; por supuesto que se la llevaría a la labor y que se diera una educadita.

Al llegar esa noche, se lo propuso y ella aceptó gustosa pero… preguntó con un gesto de malicia ¿quién haría el trabajo de la casa? Procopio se rascó la cabeza y pensó: “ni que fuera la gran cosa; la mando con el azadón pa’ que haga surcos y yo me quedo en la casa a hacer su trabajo

Ambos quedaron de acuerdo en cambiar de papeles. Al día siguiente, empezó la danza; antes del amanecer, Procopio recibió un codazo en las costillas; era Maclovia

—¡Órale viejo! Ya es hora, tienes que prender la leña para el desayuno de los niños; se tienen qué ir a la escuela; está relejos y hay qué llevarlos hasta el camino. En el tendedero están sus camisas; hay qué plancharlas; primero la leña de la estufa, luego le metes un carbón encendido a la plancha y las planchas. Calientas tortillas que dejé hechas, vas al gallinero y te traes huevos, les haces un huevito por lo menos a cada uno; no los podemos mandar con la tripa pegada al espinazo.

—¡Pero mujer, está oscuro todavía!

— Es la hora para que te alcance hacer todo, apúrate si quieres llegar a tiempo. Yo esperaré un rato y me levanto a afilar el azadón. ¡Ahh! No se te olvide poner el café; debe estar listo antes de que me vaya a la labor…

Procopio empezaba a arrepentirse del trato; eran muchas cosas, esperaba no olvidar alguna. Como pudo medio cumplió con las tareas y cuando estaba a punto de irse su mujer a la labor le preguntó

—Oye Procopio ¿y mi desayuno? Yo te “echo lonche” para irte a trabajar…

Maclovia estaba feliz de haber hecho desatinar a Procopio y pensaba; “pa que vea el canijo todo lo que hago y él ni cuenta se da”.

Por fin, sale Maclovia a la labor con el azadón al hombro; se sentía triunfante pensando que estaba dando una lección a su marido… por su parte, Procopio no sabía cómo le iba a hacer para sacar todas las tareas; hacer de comer, barrer los cuartos, lavar ropa, echar tortillas, esperar en el camino a los niños, ver sus tareas… se estaba volviendo loco se sentía como gallo descabezado.

Maclovia, por su parte, llegó animosa a la labor; dejó en un árbol colgado su lonche mal hecho y se dispuso a trabajar; se frotó las manos, se arremangó la blusa y se ajustó el barboquejo para que el sombrero no se cayera ¡y a entrarle! Ni que fuera tan difícil…

Cuando iba a la mitad del segundo surco sintió que la rabadilla le dolía y los brazos estaban medio dormidos ¡era una friega hacer surcos! Y luego la sembrada… eso sería más pesado porque había que hacerlo empinada para que la semilla quedara en su lugar… Pensó en tomar un descanso y echarse uno de los tacos mal hechos que le hizo su marido, se dirigió al árbol donde había colgado el morral lo descolgó y… casi se cae del susto; dos lagartijas salieron y caminaron por su mano; repuesta del susto, mete la mano en el morral y siente un raro hormigueo e inmediatamente después el dolor de muchos piquetes de hormigas que le estaban “madrugando” su desayuno. Tiró el morral y luego intentó rescatar algo de comida; ¡tenía hambre! Le sacudiría las hormigas y así se lo comería…

Medio comió y se bebió el agua que llevaba; continuó su trabajo con el azadón pero le dolían los brazos ¡no aguantaba mucho rato ya! realmente era una chin’ %!&a tantas horas con el azadón…

Por su parte Procopio, no alcanzó a echar tortillas; los frijoles, se le ahumaron porque se pasó de leña, los niños llegaron con Carmelo porque a él se le olvidó. No alcanzó a lavar la ropa porque se le acabó el agua, dejó mal cerrada la puerta del gallinero en la mañana y se le salieron cuatro gallinas; sólo encontró a tres…y a la hora que llegó Maclovia, había un chin por %&#o de tierra porque no regó…

Por su parte, Maclovia, por más que quiso enderezarse y llegar “muy digna” entró a la casa cayéndose; con dolor de pies, brazos y rabadilla; hambreada y bien picoteada por la hormigas…

Ambos se miraron y Maclovia fue la primera en hablar.

—¡Ay Procopio! No te vuelvo a criticar…

Procopio, preocupado le dijo

—¡Es una chin’$&a lo de la casa; mejor me voy a la labor.

Desde entonces, no volvieron a criticarse el uno al otro…

Entendieron el sabio adagio ¡Cada chango a su mecate!

 

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