El criterio propio

Héctor F. Saldivar Garza

Cuando reflexionamos en torno a las mejores formas de promover desarrollo social, una de las que regularmente surge es generar en las personas que logren desarrollar un criterio propio y bien cimentado. Sin embargo, para alcanzar este objetivo, considero que es indispensable desarrollarse una serie de pasos que de no realizarlos todos frenarían esa posibilidad.

El primero, evidentemente, es despertar en las personas el gusto por saber, y esto se facilita en la primera infancia, que podría considerarse el periodo entre los primeros meses y los seis años de edad, aproximadamente. Para alcanzar este propósito, el ejemplo de los adultos con quienes los niños conviven es clave, ya que éstos principalmente aprenden mediante el ejemplo que reciben del medio que les rodea.

A mayor abundamiento sobre el tema señalamos, que en esta época de la vida la persona es aún naturaleza pura, ya que es reciente su arribo al mundo; por lo consiguiente, continúan prácticamente intactas en su ser las características con las que nace, de tal forma que no presenta prácticamente contaminación alguna del medio social, posibilitándose entonces recibir influencia.

Por otra parte, si nos adentramos un tanto en las características originales de los infantes podremos observar, que muchas de ellas van desapareciendo al transcurso del tiempo, en parte por su relación con el medio; y también como producto de decisiones personales, las cuales son precedidas de reflexiones realizadas en torno a experiencias vividas por sí mismos, o por personas con las que tuvieron cercanía durante alguna etapa de su vida y ejercieron respaldo sobre ellos.

Si nos detenemos en las primeras, aquellas que se relacionan directamente con la forma en que la persona es determinada por el medio, podemos explicar que en la primera infancia la figura materna es fundamental, bien se trate de la propia madre u otra persona que la sustituya en este periodo de tiempo. Las formas en que se manifiesta lo explicaremos a continuación, pero previamente debemos aclarar algo que es fundamental.

En base a la observación afirmamos que cuando el niño nace, parece ser que la naturaleza comúnmente lo equipa de varias cuestiones significativas, como por ejemplo ser participativo y tener grandes deseos de aprender; por lo consiguiente intenta reproducir lo que realizan las personas que lo rodean. Así pretende ejecutar labores domésticas que normalmente llevan a cabo las madres de familia tales como barrer, trapear, lavar los utensilios de cocina y otros. Sin embargo, la respuesta de los padres en ese momento histórico generalmente es negativa, resistiéndose a la realización de la acción por los propios infantes, argumentando que aún no son capaces de ejecutarlas por su edad temprana.

Este proceder de los adultos ocasiona, algunas veces, que el niño interiorice la idea de ser incapaz para esos menesteres y además de esto, que no intente continuar ofreciéndose a realizar las acciones que le impidieron llevar a efecto.

Asimismo, el niño por su afán de aprender busca manipular o probar todo aquello que está cerca de él y posteriormente, cuando ya es capaz de comunicarse en forma oral, su tendencia es preguntar sobre cuestiones que pretende saber.

Aquí se presenta una gran oportunidad para enseñarle sobre lo que le interesa y despertar en ellos inquietudes por diversas cuestiones, que podrían conjuntar para su servicio una serie interesante de conocimientos por ejemplo sobre la ciencia, la tecnología, el deporte y otras cuestiones.

Cuando el niño va madurando tiende a establecer sus propias conclusiones sobre la realidad que le circunda, de tal manera que lo que le informan sobre el medio ambiente que le rodea, pronto lo empieza a cuestionar elaborando sus propias conclusiones con los conocimientos adquiridos, la capacidad de innovación que posee y sus habilidades para observar y reflexionar. Por otra parte, las características de los niños como ya lo señalamos, se van disipando también porque van aprendiendo paulatinamente a razonar, conduciéndoles esta acción a adquirir madurez y despojarse paso a paso de emplear ingenuidad intelectual.

Ya desarrollado en la persona el gusto por saber, el siguiente paso para que formen un criterio propio es enseñarles a discriminar; esto significa que aprendan a someter a una revisión exhaustiva los nuevos conocimientos obtenidos, incorporando la duda intelectual para así no aceptarlos directamente como reales, realizando contrastaciones y análisis para definirse por algo.

Esto asimismo los conducirá a darle a las concepciones de los autores su auténtica dimensión, valorándolos adecuadamente; y al transcurso del tiempo, al unir su bagaje contenido en su experiencia vivencial, al razonamiento que despliega, llegará a conclusiones propias.

Lo ideal sería que al ingresar al nivel superior de estudios, las personas ya tuvieran los dominios suficientes para manejar un criterio propio, asunto que a decir verdad no se ha logrado en un gran porcentaje de los jóvenes. Esto lo detectamos por ejemplo al impartir clase en la licenciatura, e incluso en el posgrado, cuando los jóvenes emocionados comentan sobre algunos docentes que les imparten clase, valorándolos en alto nivel porque son capaces de citarles nombres de autores, fechas, títulos de libros, frases célebres y otras cuestiones; siendo que tal acción solamente requirió de una buena memoria, lo cual no es realmente algo significativo. De esto nos enteramos adentrándonos un tanto en el estudio de la taxonomía de Benjamín Bloom, donde queda claro que el conocimiento memorístico está ubicado solamente en el nivel uno de complejidad en el aprendizaje del área cognoscitiva. El trabajo citado fue publicado en 1956 y no obstante carecer de novedad, aún goza de gran aceptación intelectual.

Finalizamos el presente artículo señalando que en la medida que la sociedad está avanzando y las problemáticas acentuándose, se ubica en calidad de indispensable lograr desarrollar el criterio propio en los estudiantes a la mayor brevedad posible, ya que tal cuestión les ayudará a sobreponerse con menor dificultad a las contingencias que se les presente. Por lo consiguiente, es trascendental que los docentes seamos capacitados para alcanzar este objetivo.

Bibliografía.- Bloom Benjamín. 1956. Taxonomía de los objetivos de la educación. Editorial Ateneo.

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