El interminable cambio de México

Ma. Teresa Medina Marroquín

Nadie en sus cabales dudaría que todo México atraviesa por un punto de inflexión.

Todo mundo lo dice, aunque son muchos los que olvidan (o ignoran) que este proceso de cambio democrático inició formalmente en octubre de 1987, hace poco más de 28 años.

Y cuyo movimiento lo encabezaron (sin restarle participación al “Maquío” Manuel J. Clouthier) los entonces priistas Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez y Rodolfo González Guevara.

(Tiempos donde, por cierto, Andrés Manuel López Obrador se desempeñaba como funcionario de bajo rango en el gobierno del presidente Miguel de la Madrid.)

Cambio al que estos renegados -quienes por cierto les fue bastante bien al interior de las filas del PRI- finalmente (bajo el disfraz de “opositores”) no lograron aportar absolutamente nada, excepto exhibir soberbiamente sus protagonismos.

Viviendo puntualmente del erario y en calidad de burgueses, rodeados de lujos y dinero, abanderando el dolor de los desposeídos.

Un negocio nada novedoso que les ha dado una gran fortuna gracias a sus chantajes, protestas y gritos que el sistema político al que pertenecen (y que tanto critican) les ha dado a ganar.

¿Por qué abordar este tema? Simple: los cambios en este país tienen siglos sino es que milenios, desde los olmecas y los mayas.

No olvidemos que la historia del cambio se viene gestando desde los tiempos prehispánicos, pasando por la conquista y colonización española, la guerra de Independencia de 1810, la anexión del 55 por ciento del territorio mexicano a los Estados Unidos, hasta la Revolución de 1910 cuyo conflicto armado iniciaron Francisco I. Madero, Emiliano Zapata y otros próceres.

Sucesos dentro de los cuales no se debe pasar por alto la Guerra de Reforma (1857-1861) donde se enfrentaron liberales y conservadores, desencadenando un conflicto sangriento que polarizó a la sociedad en su conjunto.

Y que no obstante consolidó las Leyes de Reforma y una nueva era política, a pesar de que la pugna empobreció al país.

Sirva lo anterior para recordar a grandes rasgos que no es la primera vez que nuestra nación ha padecido diversas y graves crisis, inclusive catastróficas, y no por eso el país desapareció como ahora anuncian algunos agoreros del desastre que forman parte de ese negocio multimillonario que tiene por objeto confundir y sembrar una situación de pánico.

Contexto que tampoco podemos llegar al extremo irracional de negar que ocurre: una violencia que se ha posesionado de casi todo México, provocando miles de víctimas por fenómenos globales.

Pero, ¿qué habrán pensado, en ese sentido, los habitantes del México de principios del siglo 19, cuando por causa de la guerra de la independencia el número de muertos sumó 250 mil en un país con apenas seis millones de habitantes? Es decir, un 4.2 por ciento.

O que cien años después, por el estallido revolucionario hayan fallecido un millón de personas en un país ya de 20 millones, cifra de vidas apagadas equivalente al cinco por ciento del total de la población.

O que por 15 millones de dólares México haya cedido dos millones 400 mil kilómetros cuadrados a Estados Unidos, quedándose con un millón 964 mil kilómetros que actualmente tiene. Un panorama muchísimo peor, me parece fue ese, a perder los ingresos petroleros de la actualidad, considerando que California es la octava economía del mundo y Texas la quinceava, aportando ambos estados el 21 por ciento del PIB de los Estados Unidos.

Si estos números (en el caso de las muertes violentas) se contrastan con los 57 mil ocurridos durante los primeros tres años de Enrique Peña Nieto, no llegarían ni al 0.05 por ciento. Mientras que los 121 mil de Felipe Calderón alcanzarían el 0.1 por ciento.

En números absolutos, podemos afirmar que hubo más muertos hace 200 años que hoy: 250 mil contra 178 mil. Y ni se diga el millón provocado en la gesta armada de hace un siglo.

Que los números de la violencia son alarmantes, es muy cierto. Y que la violencia debe detenerse, desde luego que es una prioridad y urgencia compartida entre Gobierno y sociedad, y no de una sola de ambas partes.

Lo que no debería ser motivo, vistos los antecedentes históricos, de que esto pueda ser un colapso irreversible o hasta el fin de toda una nación, sino más bien de un proceso de cambio interminable. O el drama de todos los tiempos.

¡Buen día y excelente semana!

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