Laura Hernández Montemayor

“Como ÉL es misericordioso, así estamos nosotros llamados a ser misericordiosos los unos con los otros”.

Papa Francisco I, Evangelii Gaudium.

Frente a las historias de vida, como la de mi TÍA LETY, sentimos quienes la conocimos y la quisimos, ante todo, sentimientos de gratitud y reconocimiento. En estos momentos de profundo pesar, vuelven a mi mente recuerdos cargados de significado sobre una personalidad carismática, alegre, con un sentido del humor muy especial, una mente muy ágil, que en el aire inventaba y matizaba lo mismo una oración, un poema, un chiste o un guión para una presentación. Por otro lado, se manifestaba su manera de ser en un corazón palpitante y enamorado por las cosas de Dios; brillaba en ella la fuerza de su fe que repetía muchas veces: “Si Dios está conmigo, ¿quien contra mí?” Fue una mujer orante, ¡cuántas horas al pie del Sagrario!

Dedicó muchos años de su cotidianeidad, a “la escucha de la palabra y la enseñanza de las escrituras”. Imagino, que un buen día, quizá el mejor de su vida, vivió: “su Pentecostés”. Se consagró espiritualmente al corazón de Jesús y de María y se empeñó en “REMAR MAR ADENTRO”, como diría San Juan Pablo II, cuando se refería a la Nueva Evangelización. Acogió el llamado con responsabilidad y energía, fijó su mirada sobre Jesús y se dejó abrazar por la VOLUNTAD DEL PADRE.

Hizo de la enseñanza de Dios su misión de vida, su antorcha encendida. Asumió ese camino como propio estilo de vida que, afortunadamente, fue alentado por el Señor Oscar de León Benítez, a quien recuerdo con mucho cariño, él comprendió con respeto lo significativo de la participación de su esposa en la obra de Dios. Debo mencionar que recuerdo ocasiones en que su acompañamiento en situaciones complejas, fue decisivo, y se me viene a la mente ese día memorable en que llevaron la imagen de Nuestra Señora del Refugio a Monterrey, N.L., ella y la Sra. Clara Guillén, con el fin de presentarla al entonces Papa Juan Pablo II, en su primera visita a México. El Santo Padre, además de coronarla como patrona de Ciudad Victoria, elevó a la dignidad de Basílica, “La iglesia del Refugio”, otrora Catedral de esta ciudad, lo cual hoy nos permite, a los católicos, acudir a dicho templo para recibir la Indulgencia Plenaria en este año de la Misericordia.

Su acción pastoral se hizo visible y tangible, un testimonio de vida fuerte y eficaz en la obra de Dios. Su peregrinación en la vida dio muchos frutos, fue instrumento del amor de Dios para todos aquellos que nos acercamos a ella en tiempos de tribulación, congoja o duda. Me daba la impresión que se hizo cargo de la debilidad, dificultad y necesidades de quien tocaba su puerta, sin distinción alguna. Su casa se volvió un dispensario, había comida, abrigo y consejo como signo de la bondad y ternura de Dios.

Predicó con su palabra y su ejemplo durante, años, años y años.   Su vida se convirtió en el eco de la palabra de Dios; enseñaba los caminos y la prueba de cómo Dios nos ama, desde su rol de “ama de casa”. La recordamos como voluntaria en la colonia de los pepenadores; llevando por casi 45 años la comunión a los enfermos el primer viernes de cada mes, o como catequista en la iglesia de Lourdes, como dirigente en Cursillos de Cristiandad, o impartiendo talleres de Oración del Padre Larrañaga.

No podemos olvidar que guiaba la HORA SANTA, en la capilla del Santísimo en Catedral; visitaba enfermos en los hospitales y participaba constantemente en las jornadas de salud del DIF. Y en lo referente a las causas difíciles y urgentes, tenía la virtud de saber cómo y dónde encauzarlas, y me atrevo a decir, que más de las veces se reflejaron en un desenlace propositivo. En otras circunstancias, no puedo dejar de mencionar, el hecho de que acercó a muchos padres de familia al registro civil para que contrajeran nupcias, registraran a sus hijos y posteriormente los encausaba al matrimonio religioso y al bautizo de los pequeños. Preparaba los niños de sus amigas y conocidas para la primera comunión y después para el matrimonio y con el tiempo, en momentos similares, se hizo una práctica usual, el “ir con la tía Lety”, que continúo de una generación a otra y a otra.

Dejó su huella en obras de restauración, remodelación y construcción que cambiaron radicalmente el rostro de nuestras iglesias, sobre todo en, la Parroquia de Nuestra Señora de Lourdes, en la Basílica de Nuestra Señora del Refugio, en la Escalinata del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, en la Catedral del Sagrado Corazón de Jesús en nuestra Ciudad. Al respecto, nos comentaba Lety su hija, “…que como en todo, hubo problemas, esfuerzos y muchas satisfacciones. Pero lo mejor era su alegría al ir cumpliendo poco a poco cada objetivo planeado. Siempre se sintió orgullosa y privilegiada de trabajar para la casa de Dios.”

Su acción pastoral convencía y comprometía. En el abandonarse confiadamente en la voluntad del PADRE, encontró el sentido de su vida. Fue un instrumento para despertar conciencias, nuestras conciencias. Ilustran su camino y su sabiduría: anécdotas, experiencias, testimonios fortalecidos y motivados por la idea de un bien común.

En estos momentos de despedida, nuestras familias se unen de todo corazón a Oscar, Lety, Adriana, Gabi y sus familias, que Dios los Bendiga.

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