Plaza de almas

Catón

No creo en Dios. Supongo que alguna vez creí en él, pues todos los que estaban cerca de mí creían. Su fe era ciega. Decir “fe ciega” es redundancia: para que la fe sea verdaderamente fe debe ser ciega. Y también sorda. No ha de ver realidades ni escuchar razones. Yo tuve la fortuna -o la desgracia, no sé bien- de haber leído. Los libros me enseñaron a dudar. Luego tuve la desgracia -o la fortuna, no sé bien- de ver cómo actuaban algunos de los que se dicen representantes de Dios. Quisiera olvidar eso que vi. Pero el olvido es un don que se nos niega cuando lo necesitamos más, y a mí se me vuelve a aparecer aquello como si fuera una película que se repite cada noche.

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