Norma Ledezma de Hernández

¡Rompe el esquema!

“Gracias Señor, por mandar esto, para que pueda cambiar su estilo de vida” esa fue la frase que pronuncié durante varios días hace algunos años. Seis años después, la situación empeoró y fue cuando de golpe  entendí: “Dios no nos manda pruebas, todo es consecuencia de nuestras decisiones”.

Como muchísimas personas, soy una más que tenía muy grabado el dicho de: “Dios aprieta pero no ahorca” y así crecí, pensando que Dios nos mandaba pruebas para hacemos fuertes, para moldear nuestro carácter o nuestra personalidad, hasta que entendí que este pensamiento es una enorme tontería.

Y esto es tan sencillo de explicar, con sólo ponernos a pensar: ¿Acaso yo le doy a mis hijos alimentos que sé que los enfermarán sólo para que su estómago se haga fuerte? ¿O les hago que reprueben un examen para que no le tengan miedo al fracaso? ¡Obvio no! Entonces ¿por qué creer que Dios nos manda momentos difíciles para sacar lo mejor de nosotros?

La vida está hecha de instantes y en cada uno de ellos, tengo que tomar decisiones en todos los aspectos de mi vida: salud, familia, amigos, trabajo, buena o mala, aquella elección definirá completamente mi futuro.

Pero entonces pasa el tiempo y aquello que elegí no resultó como esperaba y vienen los vendavales que van acompañando nuestra vida. Empezamos a pensar “tengo mala suerte”, “todo lo malo me pasa a mí”, “no sirvo para nada” y peor aún, no falta el que queriéndonos hacer sentir bien nos diga: “no te preocupes, Dios aprieta, pero no ahorca”.

Casi creo que cada que decimos eso, Papá Dios debe pensar: “¡Ah!, ¿ahora yo tengo la culpa de tus malas decisiones?”.

Y luego todavía nos preguntamos: ¿Por qué pasó esto? ¿Por qué a mí? Pues porque fui yo quien decidió vivir eso, porque ese “sí” o “no” de hace tiempo, me trajo hasta aquí.

Cuando estés en un hospital con la salud quebrantada o en una relación que te ha roto la confianza o en apuros financieros, pregúntate, ¿por qué estoy aquí? ¿De quién fue la decisión? ¿Alguien me obligó a hacer esta elección? Casi siempre responderás, si eres honesta u honesto contigo mismo, que la “culpa” es toda tuya. Es más, haz el siguiente ejercicio ahora: analizando rápida y honestamente tu salud y tu cuerpo el día de hoy, ¿te gusta lo que ves? ¿Te sientes al “cien”? ¿Podrías decir que tienes buena salud? Cualquiera que sea la respuesta, lo que ves y cómo te sientes, es el resultado de lo que has hecho con él desde siempre y hasta ahora.

Pero no todo está perdido, analiza la situación, haz los  cambios necesarios, toma la responsabilidad para generar la vida que deseas, y especialmente, saca la enseñanza de ese momento, que no determina para nada tu vida, pero sí determina tu decisión por salir adelante, sobreponiéndote a las caídas, de nada sirve sufrir, si no sacamos un crecimiento. Y por favor, ¡rompe los esquemas! deja de culpar a la suerte o a otros de lo malo que te pasa, deja de creer que Dios está probando tu voluntad.

Él siempre está dispuesto a ayudar a “aflojar la cuerda”, pero a su manera. Si yo estoy pidiendo un milagro de salud, por ejemplo, quizá para Él, lo primero sea fortalecer a la familia para pasar ese momento difícil, quizá también vendrá la sanación después de algún proceso de terapias, pero dejémoslo ser Dios, no queramos que cumpla nuestros deseos, que a veces, si nos ponemos a reflexionar, podrían llamarse caprichos.

Y no olvides que: “Dios no patrocina fracasos ni perdedores”.

 

 

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