La careta

Eduardo Narváez López

De siete a ocho era una hora pico para Andrea: tenía que prender el boiler, seleccionar las prendas que se iba a poner su marido, cuidando que no fueran de la década anterior y que combinaran, sobre todo la corbata. Ayer Saúl al llegar a la oficina donde laboraba y bajar de su auto, recibió el saludo de un compañero de trabajo: “Qué ondón Saúl, qué fachas las tuyas, por las prisas se te olvidó quitarte el babero –por lo ancho de la corbata–, ya ni la raspas ca´on: ‘traje, camisa y corbata, todo a rayas; las hombreras ya no se usan y ya no llega el saco hasta las rodillas’, y los zapatos we´, ya no se usan de charol.” Saúl checó su entrada. Le encargó a su compañero: “Dile al jefe que se me olvidó el trabajo que me llevé para hacer en casa, que no tardo.” Menos mal que en esa ciudad de los años sesenta no había mucho tráfico y todo estaba cerca.

Andrea dejaba en la guardería a su hijo de dos años, en el kínder a su nene de cuatro y a Carmina de seis en la primaria. Ya más tranquila pasaba al mercado, recogía camisas blancas y trajes de la tintorería, en casa levantaba el tiradero de ropa y trastes de la cocina, barría, trapeaba, separaba los comestibles que enseguida prepararía y acomodaba el resto en el refrigerador. El tiempo apremiaba, se llegaba otra hora pico: recoger a los niños y preparar los alimentos. Dejó a fuego lento una olla de dos litros con agua que una vez hervida la utilizaría para cocinar la sopa y el arroz –cuando regresara ya estaría en su punto el agua.

Los niños aventaron sus útiles en la cama de su cuarto; el pequeño escogió un jeep y un camión de volteo y su hermano un triciclo dirigiéndose al patio a jugar. Carmina sacó de su mochila los cuadernos y un par de libros que dejó en su pequeño escritorio. Puso la mesa de juguete con cubiertos y platitos para dos personas. Alzó la muñeca por arriba de su cabeza a la vez que la mimaba con piropos, abrazos y besos como si tuviera vida.

– Ahora vamos a ver que nos preparó mamá de comer.

Se subió a una silla para alcanzar un tazón. Se disponía a llevar la silla hacia un lado de la estufa. Echó un vistazo. Al ver que no estaban las cacerolas que por lo regular contenían la sopa y el arroz; y que solamente una de las ollas en la que se cocían los frijoles estaba sobre una de las hornillas anteriores, consideró innecesario subir a la silla, pues estaba a la mano lo que suponía que eran los frijoles. Dijo para sí: “Empezaremos por lo último, mientras mamá prepara la sopa y el arroz”. No vio el fuego bajo; introdujo el cucharón, lo movió buscando al tacto los frijoles –la mitad del agua se había evaporado–. La olla sin mucho peso se volteó cayendo sobre la cara de la inocente criatura, quien aullaba y brincaba por el dolor y ardor insoportables. Andrea que estaba en el compartimiento-almacén, anexo a la cocina, seleccionando algunos insumos, rápido acudió en auxilio de su hija. Observó que de su carita escurrían unas gotas humeantes; de inmediato supo lo que había pasado. Por instinto tomó una pequeña toalla para secarle la cara; al aplicársela sintió algo blando; la retiro y vio con horror que una parte de la epidermis se adhirió a la toallita. Andrea, transida de angustia, lloró y gritó pidiendo auxilio. Los niños sin saber realmente lo que pasaba se abrazaban a las piernas de su madre: ¡Mamita mamita, no llooores, qué te pasa! ¡Carmiiita, por qué te tapas la cara! ¡Qué te pasó maniiita!

La vecina acudió presta a ayudar en lo que fuera; intuía que algo grave estaba sucediendo. Tocó repetidamente el timbre y la puerta ¡Andrea, ábreme por vida tuya, ábreme ya! Andrea abrió. Quería decirlo todo a la vez y su vecina desesperada la apresuraba ¡Quéee, qué fue, dilo yaaa! Le dio una cachetada en cada mejilla para hacerla reaccionar. Aquello parecía un aquelarre: Andrea con los ojos desorbitados hacía esfuerzos por que le salieran las palabras, los niños reclamando a la vecina “¿por qué le pegaste a mi mamá?”, la vecina arrojándole agua a la cara de Andrea, quien por fin gritó; “¡Mina se quemó con agua hirviendo!”, y Carmina tapándose la cara con sus dos manitas.

Las dos señoras estaban bloqueadas y no recordaban el número del doctor de confianza. Amparo, la vecina, marcó el cero cuatro: “El número del doctor Wilfrido Barrasa por favor.” Luego “Si es tan amable, el teléfono de la oficialía de Gobierno del Estado.” El doctor y Saúl llegaron al mismo momento. Para los protagonistas se hizo el tiempo eterno; sin embargo no habían pasado más de quince minutos

El médico prestó los primeros auxilios a Carmina. Llamó a su consultorio para que viniera a ayudarlo la enfermera y de paso se trajera unos medicamentos. Aplicó una crema antiséptica, un gel y cubrió con gasas y compresas estériles el rostro; así como realizó lo apropiado para el tratamiento prehospitalario. Del hospital llamaron de urgencia a cuatro médicos especialistas quienes realizaron actos quirúrgicos con injertos del propio cuerpo de Carmina y sustitutos de piel artificial. El peligro de infecciones mayores y complicaciones que pusieran en riesgo la vida de Carmen pasó. Los cuidados extremos continuaron en casa con la ayuda de una enfermera.

Saúl solicitó en su trabajo tres meses para estar al tanto de su hija. Le fue concedido con sueldos pagados, toda vez que, dada su juventud y deseos de superación, sus períodos vacacionales voluntariamente eran por tres o cuatro días. No faltaron las recriminaciones que se hacían uno al otro, procurando que no fueran en presencia de la niña:

-Tú tuviste la culpa, Saúl. Decidiste despedir a la sirvienta para reunir el enganche para una casa, y mira qué resultó, una tragedia a punto de costarle la vida a nuestra hija, y nos hemos endeudado para sufragar los gastos. Además no está descartado que vaya a quedar marcada por cicatrices de por vida.

-Fue un accidente –dijo Saúl, arqueando la ceja– que se hubiera presentado aún con sirvienta. Tú estabas a unos metros de ella. Si no hubieras dejado la olla con agua hirviendo al alcance de la niña, no hubiera sucedido este percance. Si la hubieras educado para que se espere a que le sirvas de comer; si te programaras y administraras tu tiempo para atender a los niños… en fin, no me eches culpas a mí, asúmelas las tuyas.

El doctor Barrasa, amigo íntimo y de confianza de la familia aconsejó a ambos que mantuvieran la calma y se abstuvieran de recriminaciones. Nunca faltan en estos casos y terminarían por ser una familia disfuncional. “Deben afrontar lo peor con entereza: la cara marcada de Carmina, marcará también la vida de todos ustedes”. La pareja acudió a un tratamiento psicológico y luego lo hizo extensivo a los demás miembros en forma individual y luego de grupo. Por ello no se escandalizaron cuando, habiendo quitado definitivamente los vendajes a Carmina, vieron su rostro rugoso y brillante.

En la escuela, decidieron apoyar a Carmina aprobándola, toda vez que el accidente sucedió a dos meses de terminar el primer año. Además tendría las mismas compañeras en el segundo año, las que le tendrían consideraciones, sobre todo porque se había dado a querer, era alegre, simpática y compartida; sin embargo las alumnas de otros grupos y los niños que ocupaban las aulas de la mitad de la escuela hacían escarnio de ella por su rostro rugoso. Para Carmina esta situación era molesta en grado sumo. A la hora de recreo se quedaba sola en el salón. En casa sufría fuertes depresiones lo que hizo que a su tierna edad tuviera pensamientos suicidas. Andrea y Saúl conforme a su pacto de solucionar razonablemente y sin enojos los conflictos derivados del rostro deformado de Carmina, determinaron que usara una máscara, aprovechando que estaban de moda las máscaras de los luchadores, lo que haría creer a los niños, al menos los de la calle, porque los de la escuela la tenían bien identificada, que se la ponía como cosa de juego. No duró con ella más de una semana debido a que el hule le provocaba molestos escozores. Entonces Andrea le encargó a su costurera que le confeccionara una de tela, sobria, nada estrafalaria que llamara mucho la atención.

Durante la secundaria y preparatoria, dejada atrás la burla infantil, se hizo más pasadera la vida de Carmina. Libre de presiones mejoró aun más sus calificaciones. En la clase de gimnasia, lucía un cuerpo bien formado. Sus movimientos estaban llenos de gracia y agilidad, equilibrio y coordinación. Más de una decena de estudiantes pensaban hacerla su novia; sin embargo tenían conocimiento de que su rostro estaba desfigurado y eso los frenaba. Era muy querida en su casa y en la escuela. En sus fantasías silenciosas se veía amada ardientemente por un príncipe apuesto y de buena prestancia. Abría sus ojos preguntándose si algún día esos anhelos serían realidad.

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