El estado de luto o pérdida

Héctor F. Saldívar Garza

En una educación integral de los estudiantes universitarios, en los mejores casos se contemplan diversos aspectos: una preparación profesional, que significa todo aquello que el joven debe saber para el dominio de sus actividades laborales; formación cultural, que le sublima el espíritu y lo guía en su diario vivir; formación social, que le facilita entrelazarse con las demás personas y formación deportiva, que contribuye a proporcionarle los elementos para ejercitar regularmente su organismo y lograr una mejor salud física y mental. Pero un área que suele descuidarse y al transcurso del tiempo se nos revierte fuertemente esa omisión es el aspecto emocional, el cual solo en escasas instituciones se está afrontando.

Cuando se carece del sustento emocional en nuestra formación, los individuos podemos experimentar una serie de actitudes que regularmente inciden en nuestra conducta y nos retrotrae en el accionar cotidiano, contribuyendo a alejarnos de la posibilidad de manejarnos adecuadamente como lo realiza una persona que se conduce con sentido común.

Comprendiendo que lo emocional es verdaderamente significativo, convenimos en que lo debemos puntualizar, revisando con detenimiento algunos aspectos que encajan en su ámbito. En esta ocasión, por cuestión de espacio, solo nos abocaremos a incursionar en el denominado Duelo o Estado de pérdida, que es una de las afectaciones en las que algunas personas nos subsumimos ocasionalmente y otras a menudo; bien como consecuencia de situaciones que están fuera de nuestro control, o lo que es peor aún, mediante acciones propias que las realizamos sin pensar y propician su manifestación.

Empezaremos por definir el significado de duelo o estado de pérdida. Yolanda Tortalero Alfaro, directora del Centro de Desarrollo de Habilidades Psicolinguísticas (Cedhap); institución que se aboca a tratar situaciones de este orden, señala al respecto, que es el proceso natural posterior a una pérdida significativa, bien sea de una persona, una relación, un objeto o una situación específica en la que estábamos involucrados.

Entre jóvenes universitarios es más común la pérdida de una relación, ya que las amistades íntimas y los noviazgos es práctica cotidiana; y así como se inician con una facilidad asombrosa, muchas ocasiones sin previo conocimiento de sus personalidades, igualmente se desconectan en cuanto se manifiestan hechos que los propios implicados no alcanzan a digerirlos.

Sin embargo, la razón de que estas relaciones carezcan de una base sólida que las soporte no implica que se anulen las posibilidades de que se presenten enamoramientos profundos entre los inmiscuidos; los cuales, al existir, en caso de una pérdida les resulta dolorosos y deben atenderse con premura, so pretexto de que sus consecuencias se extremen ocasionándoles resultados que podrían atentar contra su propio ser.

Continúa la especialista señalando que el duelo no siempre es de las mismas características, ya que varía de acuerdo a la relevancia que presente lo perdido. Siendo un tanto más o menos largo y doloroso cuanto más o menos sea la capacidad de adaptación del afectado a las nuevas circunstancias.

El estado de pérdida no lo podemos valorar a plenitud hasta que lo experimentamos personalmente, ya que lo intenso de la necesidad de lo perdido únicamente es medido por la profundidad del vacío que se manifiesta.

La oquedad espiritual que puede llegar a presentarse en una aflicción logra incluso que por momentos se pierda la noción de la realidad, obnubilándose la dirección a donde transita la afectada. Por lo consiguiente se llegan a presentar desvaríos altamente notorios, que nos obligan a revisar las formas diversas que pudiese existir para contrarrestar en la medida de lo posible sus exteriorizaciones, estableciendo un dique que incida en evitar se extiendan y ocasionen un daño mayor.

En esta temática me he interesado, porque por experiencia en la docencia en el nivel universitario, observando a los jóvenes alumnos encontramos que algunos de ellos destacan sobre los demás por su distracción extrema, que provoca una marcada abstención a cumplir regularmente con sus compromisos escolares.

Por supuesto que asimismo estamos enterados como la sociedad en lo general, de la gran crisis del momento que permea el ambiente amenazando con ahogar la tranquilidad del mexicano. A mayor abundamiento sabemos de datos que corroboran la precariedad económica que ha invadido prácticamente a por lo menos dos terceras partes de la población y de la existencia de desacuerdos en las familias de nuestros connacionales, donde cada vez es más común observar que no es sencillo formar a los niños y jóvenes hacia una vida a plenitud, porque las problemáticas existenciales coartan esa posibilidad.

Tomando en consideración todo lo señalado, comprendemos que las razones de la existencia de las conductas de los jóvenes pueden ser diversas, pero existe la probabilidad dada la edad, que algunas ocasiones su comportamiento diferente sea consecuencia de estados de luto o pérdida, y la forma de enterarnos es teniendo un acercamiento mayor con ellos, sobre todo cuando los veamos con procederes negativos fuera de lo común como los señalados párrafos atrás.

Después de reflexionar sobre soluciones al respecto, no veo camino más sensato que hacerle frente a este fenómeno destructor con decisión firme y sin detenerse ante cuestiones coyunturales como las carencias de apoyos suficientes; ya que lo importante es detener esa amenaza para que las generaciones próximas de profesionistas egresen mejor equipadas. Por tal razón, considero oportuno proponer que así como a los alumnos se les aplica exámenes para detectar su nivel cognitivo y cantidad de conocimientos en algunos aspectos, también pudiese revisarse con detenimiento la situación emocional en renglones específicos como el mencionado, y en caso de observar negatividades suficientes actuar para su mejoría a la mayor brevedad.

 

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