Plaza de almas

Catón

Creo en Dios. Supongo que alguna vez no creí en Él, pues ninguno de los que estaban cerca de mí creían. Mis cuatro abuelos eran ateos, lo mismo que mis padres y mis hermanos. Su ateísmo era tan ciego como la fe de los creyentes. Para ser ateo de verdad el ateo debe ser ciego, y también sordo. No ha de ver más allá de lo que se ve, ni oír a nadie que crea. Yo tuve la fortuna -o la desgracia, no sé bien- de haber leído. Los libros me enseñaron a creer. ¿Cómo no tener fe después de haber leído a San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila, a Dostoiewsky y Tolstoi, a Bernanos y Claudel? De mis lecturas aprendí que toda reflexión acerca del universo lleva por fuerza a pensar en una primera causa creadora, no creada, a admitir la existencia de un principio inasible para la mente humana que lo mismo se puede llamar Dios que con cualquier otro nombre. Luego tuve la desgracia -o la fortuna no sé bien- de ver cómo actuaban algunos ateos. Parecían no darse cuenta de que para ellos el ateísmo era una religión igual que la de los creyentes.

 

Continuará en su versión impresa…

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