De línea a línea

Con olor a pólvora

 

 

Martín Sánchez Treviño

 

El escenario de violencia en el que han crecido las nuevas generaciones de niños, adolescentes y jóvenes, en los últimos diez años, es motivo de preocupación de padres de familia y profesores, principalmente porque el hogar y los planteles escolares es donde se han sitiado los seres que habitarán este territorio finales de este siglo.

Se trata de generaciones que están viendo pasar su niñez, juventud y su adolescencia desde las rejas de la escuela, que por la violencia propia de esta época, los directivos del plantel elevaron la altura del barandal, o la barda, sin importar si conserva o rompe con el estilo arquitectónico original.

Lo que importa es resguardar, proteger a las generaciones de la violencia, que lo mismo padecen en el campo y la ciudad, en el palacio que en la clase de gimnasia o el juego deportivo. El fraccionamiento, el trabajo, el barrio o la colonia.

Quienes gozan de recursos han enviado sus hijos al extranjero, incluso les han recomendado que preferible y hagan su vida fuera de esta Capital, donde no cesan los secuestros. El aroma a pólvora se convirtió desde hace diez años en el olor cotidiano de pueblos y ciudades.

Los niños de hoy identifican el olor de la pólvora y aun cuando hablan del tema, detrás de la admiración y simpatía se esconde el dolor del pariente extraviado, del vecino de pupitre que no cesa de llorar la ausencia de su madre, de su hermano, de su abuelo.

Desde el cristal, desde la reja, detrás de la barda, construye su historia. Vive en alerta. Como el centinela que no debe dormir o el soldado o el policía que empuña una y otra vez el arma, desde la camioneta donde vigila, donde patrulla.

Pero para esas generaciones está ausente un proyecto educativo. A los diputados les importa un bledo, si cientos de las miles de escuelas de educación básica fueron cerradas porque las maestras desaparecieron. O porque el supervisor consideró pertinente cambiarlos de adscripción.

Similar es la postura de los directivos de la educación básica y media superior, en el orden federal, estatal, municipal o local. Poco o nada les importa, si los escolapios llegaron al plantel de un pueblo vecino, como acontece en la última década, exiliados por la violencia. Que desde entonces los tiene en estado de alerta.

Y qué decir de los alumnos sin tutores, propio de esta época violenta, en escuelas de todos los niveles sociales, de zonas económicamente bien, regular, o de alta marginalidad, como le llaman a la pobreza extrema los estudiosos del subdesarrollo social.

O los alumnos provenientes de poblados que quedaron vacíos porque sus habitantes migraron a los pueblos cercanos con mayor densidad poblacional y es donde no encontraron prosperidad, pero al menos han sobrevivido al mal del siglo, como es la violencia.

Y todavía con aquel cinismo, “Los Nuños” del peñismo y sus cómplices tienen la irreverencia de someter a una evaluación amañada al maestro, que dejó el pellejo colgado de la barda de la escuela, de donde escapó, porque ese día iban por él para darle “trámite” y resulta que después se confirmó que habría sido confundido.

El conflicto existencial de los adultos, es hoy por hoy, ¿qué heredaran a sus hijos? Quienes desde la reja, el cristal o el cercado de acero, ven pasar la mejor etapa de la vida.

No quiero que mis hijas pasen su juventud viendo la vida desde la ventana, reveló un ciudadano victorense a este escribiente.