Plato del día

Nuestra fuerza: Los valores humanos

Por: Mariano Báez Aguilar

 

 

Me ha tocado a veces acercarme al mundo “bonito” del gran esplendor.

En esos ambientes, con frecuencia se destacan y campean, sobre todo, valores tales como la comodidad, el lujo, la elegancia, la alegría, la abundancia, la información al día. Todos ellos en lujosas casas, grandes automóviles, ropas finas, viajes de placer… pero no pocas veces sucede que se asoma uno detrás de esa fachada y se encuentra con tristes trasfondos de egoísmo, frivolidad, superficialidad y vacío. Lo que no ha impedido en más de un caso haya encontrado también profunda calidad humana.

La vida me ha puesto también en contacto con personas, sencillas, modestas, pobres, sin lustre, que viven en casa de interés social, he reconocido en ellas y he saboreado en su compañía exquisitos valores humanos, sinceridad, amistad, servicio, cortesía, confianza, emoción, estética, felicidad. En contraposición, he descubierto ahí, en algunos casos, vidas vacías, en donde existe egoísmo y resentimiento.

La realidad es que existen dos mundos: el de las cosas y el de las personas, o dicho de otro modo, el de la materia y el del espíritu encadenado; de allí las dos órdenes de valores: los materiales y los espirituales.

Valores materiales pueden ser la fertilidad de un campo, la amplitud de una casa, la comodidad de un mueble, la dureza de un martillo, la resistencia de una llanta, la rapidez de un coche, el brillo de un foco, la elasticidad de un resorte y, por supuesto, el dinero, que es la tasa de dichos valores en un medio ambiente dado.

Valores espirituales son, por ejemplo, el amor, la justicia, la fidelidad, la honestidad, la paz, el honor, la devoción, la ternura, la creatividad.

Y no hay que olvidar el territorio sombrío, el traspatio de la vida social y cultural: el mundo de los anti-valores, que constituyen el claroscuro en la vida de los individuos, de las instituciones y de los pueblos. Los anti-valores crean polaridades: bien-mal, salud-enfermedad, ciencia-ignorancia, virtud-vicio, entusiasmo-apatía. Así se forma la dialéctica y la dinámica del existir cotidiano. Los valores dan sentido a la vida y motivan la actividad humana. “Por nada no se hace nada”, dice un conocido proverbio italiano- al estudiar, al comprar, al vender, al viajar, al acudir a espectáculos, buscamos siempre ciertos valores. Pero muchas veces nos vamos con la finta de los valores materiales, porque son los más obvios, los más tangibles, los captamos casi sin esfuerzo con nuestros sentidos. Y corremos el riesgo de poner lo secundario por encima de lo principal, lo material por encima de lo espiritual.

“El hombre es la medida de todas las cosas”, como señalara hace dos mil cuatrocientos años Pitágoras, el filósofo griego. Y lo natural, lo racional es que los valores de las personas prevalezcan sobre los de las cosas. La convivencia, la educación, la política, la economía, la ciencia y el arte no tienen sentido más que en función de los valores humanos.

Sin embargo, es público y notorio que a veces el hombre llega a ser esclavo de sus propios inventos, como cuando las grandes ciudades nos quitan la serenidad y la apertura a los demás y nos mantienen tensos, irritables y asustadizos. Es cuando una distorsionada tecnocracia usurpa el lugar del humanismo.

Tú también amigo lector, giras en torno a los valores y tú también puedes sufrir distorsiones y alejarte del respeto a los grandes valores humanos. Es urgente que tomes la conciencia de tu sistema de valores.

Pregúntate y reflexiona:

¿Cuáles son los valores ideales en tu vida (lo que quieres ser y a dónde quieres llegar)?

¿Cuáles son tus valores reales (lo que has conquistado y realizado)?

¿Cuáles son tus anti-valores, sobre todo en el campo espiritual?

No se trata de moralismo sino del arte de vivir.

La toma de conciencia de tus valores puede dar a tu vida y a tu futuro la dimensión que le falta de frescura, de energía, de colorido y de plenitud.