El jardín de la libertad

Sor Juana, los libros y la vida

Libertad García Cabriales

 

Yo no estimo tesoros ni riquezas,

Y así, siempre me causa más contento

Poner riquezas en mi entendimiento

Y no mi entendimiento en las riquezas

                Juana Inés de la Cruz

 

 

No ha nacido todavía, después de casi 370 años, una mujer que la iguale. Nadie como ella en luminosa inteligencia, nadie con su viva presencia creativa, nadie como ella con su femenina valentía. Pasan los años y los siglos y no alcanzamos todavía, pequeños como somos ante su grandeza, a valorar en toda su dimensión su enorme trayectoria, su legado, su vida y obra. Generaciones van y vienen, gobiernos pasan, algunos con más pena que gloria, ciudadanos vamos y venimos en esta suave patria, y no hemos podido darle, salvo Octavio Paz y otras contadas excepciones; el inmenso valor que tiene nuestra enorme Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana.

El pasado doce de noviembre se conmemoró un año más de su nacimiento, acontecido en San Miguel de Nepantla a las faldas del Popocatépetl. “Nací -dice en un romance- donde los rayos solares me mirasen de hito en hito”. Como muchas cosas en su vida, no se tiene seguridad de la fecha, algunos biógrafos hablan de 1648, otros de 1651. Pero más allá de ello, todos quienes hemos leído su obra, quienes nos hemos acercado a su biografía de claroscuros, tenemos la certeza de su infinito humanismo. La más grande entre las grandes y al mismo tiempo la más humana.

Y su origen fue destino en su ser todo. Con hijos de tres hombres distintos, su madre, Isabel Ramírez de Santillana (quien se dice era descendiente de la primera esposa de Hernán Cortés) no se casó con ninguno, y también se dice, porque tampoco hay pruebas fehacientes de ello, que el padre de Juana Inés las abandonó sin apenas conocerla, dejando en la niña además del estigma de su ser bastarda, una profunda tristeza por la ausencia de la figura paterna en su vida.

Niña solitaria que juega sola, niña que se pierde en sí misma dice Octavio Paz, tal vez el mayor estudioso de su vida y obra, Juana Inés fue una niña curiosa, una niña que no comía queso porque le dijeron que el queso hacía tonta a la gente, porque “en ella podía más el deseo de saber que el de comer”. Y en esa curiosidad intelectual, en ese deseo de saber, descubre la mayor riqueza, su refugio, el mundo de su abuelo, Pedro Ramírez, el sustituto del padre, el amante de los libros, el que la lleva a la cueva del tesoro: su biblioteca.

Y es en ese encuentro que Juana Inés se descubre a sí misma. Al descifrar el alfabeto, al unir las primeras palabras con sus manos, ella ya sabe dónde está la vocación de su vida, no en la corte, no en el convento; sino en los libros, siempre en las letras. Los libros del abuelo le abrieron las puertas de un mundo distinto al de su casa dice Octavio Paz, un mundo al que no podían entrar ni su madre ni sus hermanas, pero tampoco su padre ni su padrastro. “Mundo de clérigos letrados y ancianos donde desaparecía o se transformaba la agresividad de la sexualidad masculina. La función de los libros era triple. Compensación por la doble falta original, la del nacimiento ilegítimo y la ausencia del padre; substitución de la figura dominante del intruso padrastro, sexualidad agresiva que engendra criaturas mortales, por los libros que son tiempo que ya no transcurre ni envejece, tiempo que no muere”.

Así interpretó el Nobel de Literatura el encuentro de Sor Juana niña con los libros, así es el encuentro de todo lector con la palabra: “La lectura es una metáfora de nuestro origen. El lector bebe con los ojos la leche de la sabiduría y va en busca del lugar en que fue arrancado. Toda lectura, incluso la que termina en descuerdo o en bostezo, es una tentativa de reconciliación. Los signos, las letras, son la leche que contiene todo lo que somos y lo que seremos”.

En toda su vida Sor Juana tuvo que defenderse de acosos, envidias, malquerencias y calumnias. Pero casi 370 años después, en tiempos violentos, de indiferencias repetidas y mujeres recurrentemente acosadas, su ejemplo de enorme amor y valor sigue vivo en sus luminosas letras pese a no darle el reconocimiento que merece. Por mi parte agradezco el sencillísimo pero significativo homenaje que le hiciera la oficina local de la Crónica (gracias Paco Ramos) y el jardín de niños Instituto Sor Juana Inés de la Cruz el pasado sábado en la Universidad Pedagógica de Ciudad Victoria para celebrar también el Día Nacional del Libro, que fue instituido en honor a la Décima Musa.

¡Vivan pues siempre los libros y Viva siempre Juana Inés, la mexicana más grande de todos los tiempos!