Plaza de Los Arrieros

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Quien también fue víctima del “embrujo” de Chucha fue el Cronista de Victoria, Francisco Ramos Aguirre; nos reveló que también le tocaron besos y abrazos de este personaje entrañable de la Capital.

Francisco Ramos Aguirre,ç.-

“Arrieros somos y en el camino andamos”… dice el refrán. Ser arriero durante la época colonial y gran parte del siglo XX, era considerado uno de los principales oficios exclusivo para los varones. Su principal actividad se relacionaba con el traslado de mercancías, víveres y minerales de diferentes regiones de la geografía mexicana. Para ser buen arriero era necesario ser diestro en el manejo de mulas y asnos; además del conocimiento de caminos y veredas sinuosas. Otra de las cualidades, era sortear cualquier situación de peligro, si consideramos la abundancia de bandas de pistoleros y asaltantes en esa época. Algunos de los lugares donde se concentraban después de largas faenas, eran las plazas, fondas, mesones y cuevas.

Según las Noticias Estadísticas de 1879, ese año vivían 19 arrieros en Ciudad Victoria, quienes cobraban su trabajo según el flete y la distancia de transportación. Hace mucho tiempo existió en esta capital la Plaza de los Arrieros o Plaza del Mercado, justamente el oriente de la población donde ahora se localiza el Mercado Argüelles o Parián. Ahí se ejercía la comercialización de una enorme diversidad de productos. Por ejemplo, después de cruzar la Sierra Madre Oriental, llegaban los arrieros procedentes de Tula, con sus mulas cargadas de leña, tunas y fibra de lechuguilla.

Dice el profesor Carmen Tirado que cada seis de octubre, con motivo del aniversario de la fundación de la Villa de Aguayo, se construían en la Plaza de los Arrieros: “…varios departamentos con postes de madera y rama, con techos de palma, con caballete y dos alas. La parte del departamento que daba al sur se dedicaba a los casilleros, donde se colocaban frutos, dulces y ropa. Frente a esos casilleros se ponía un mostrador de madera y el ala norte quedaba libre para que pasaran las personas que concurrían a la fiesta. Unos puestos eran para frutas, dulces y panes de varias clases, y otros para poner mesas de ruleta para las personas mayores. Las mesas de carcamán, eran para los niños.” Uno de los vecinos de la plaza era el señor Jacobo Martínez, quien tenía su residencia en la acera sureste.

Acerca de su ubicación, menciona el historiador Enrique González Filizola que según Candelario Reyes, la plaza se ubicaba al oriente de la catedral. “En la calle de Morelos había una plazoleta, donde ahora está el Mercado Argüelles, que propiamente servía de rastro y de expendio de carnes, por más que también se prestaba para compraventa de verduras, semilla, loza y rastrojo. El jacalón de las carnes, miraba a la calle de Morelos, y el rastro, que lo constituían dos o tres árboles a cuya sombra se sacrificaban, hallándose en la esquina sur-oeste, de manera que en el resto se colocaban los expendedores de las demás mercancías que menciono.”

Dicho espacio sirvió de Cuartel General de las fuerzas militares que operaban en 1852. En este sentido, los arrieros tuvieron una participación activa durante la Guerra de Intervención Francesa en Tamaulipas. Sobre todo en la región de Tula y Santa Bárbara, donde anduvo el guerrillero Pedro José Méndez. En este caso, eran los encargados de transportar víveres, dinero y armas. En esa época, Concha Lombardo, esposa del general Miguel Miramón, visitó la capital tamaulipeca apoyada por varios arrieros que contactó en Tampico.

Generalmente las plazas de los arrieros se ubicaban sobre terrenos baldíos, con pocas bancas y algunos árboles. Se sabe también que compañías trashumantes de teatro, presentaban en estos sitios espectáculos de toda índole. Sin embargo, su principal uso era para ejercer el comercio y vendimias callejeras. Probablemente cerca de esos lugares, había mesones y posadas para el descanso de los arrieros. En 1880 se generó en la Plaza de los Arrieros, un descomunal incendio que acabó con los comercios de los señores Francisco y Juan Terán. Las llamaradas alcanzaron parte de la catedral, ubicada al poniente de este lugar.

Por otra parte, vale mencionar que durante el proceso del movimiento armado independentista, el gremio de los arrieros cumplió un papel destacado, por su conocimiento de los terrenos donde transitaban. Bajo estas circunstancias, llevaban noticias y mensajes relacionados con los grupos insurgentes. Aunque otros como José María Morelos, Vicente Guerrero y Valerio Trujano, se encargaron de apoyar a los grupos rebeldes. Lo mismo sucedió con los rancheros, medieros, mineros, jornaleros, comerciantes y operarios textiles. Al paso del tiempo, de acuerdo a sus intereses, muchos arrieros se volvieron bandidos y guerrilleros. En el centro del país, generalmente eran los mulatos de color quebrado quienes practicaban este oficio. Ellos no eran aceptados en la sociedad, y por tal motivo se les consideraba un sector marginal.

Acerca del tema, el ex presidente Emilio Portes Gil, narra en sus memorias: Mis recuerdos de Ciudad Victoria, que a principios del siglo XX, llegaban a esta capital entre cincuenta y cien burros cargados de ixtle que obtenían de la talla de lechuguilla en las serranías de Jaumave. El acaparador de este producto era Bernardo Zorrilla, quien lo comercializaba exportándolo a Europa. Los arrieros hacían el recorrido a pie por el Camino Real, o a través de escondidas veredas atravesando la Sierra Madre. También se dedicaban al acarreo de maíz, tunas, pencas de mezcal, quiote y otros productos fáciles de transportar a lomo de mulas y asnos. La ruta comprendía un lugar llamado Los Arrieros.

En la década de los veinte del siglo pasado, los tuneros vendían su producto en el 6 Hidalgo y Morelos. Para entonces ya existía El Parián, construido a principios del siglo XX. Así las cosas, la actividad de quienes se dedicaban al oficio de arriero, fue perdiendo vigencia poco a poco, con la llegada del ferrocarril a Tamaulipas, la construcción de las carreteras en la década de los treinta a cincuenta y el surgimiento de la industria automotriz. Así fue hasta su extinción. Solamente quedaron en la memoria los dichos como aquel donde menciona que: “No todo el que chifla es arriero.”

 

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