El primer reconocimiento y sondeo de la boca del río Bravo

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Octavio Herrera Pérez.-

Siguiendo con nuestro acercamiento a los ríos de Tamaulipas, veamos ahora el momento en que se realizó el primer reconocimiento de la boca del río Bravo, tal y como se consigna en la valiosa obra “Historia de Nuevo León con noticias sobre Coahuila, Tamaulipas, Texas y Nuevo México, escrita en el siglo XVII por el Cap. Alonso de León, Juan Bautista Chapa y el Gral. Fernando Sánchez de Zamora”, publicada originalmente por Genaro García en 1906, y reproducida por el Gobierno y la Universidad Autónoma de Nuevo León en 1961, con un estudio preliminar y notas de Israel Cavazos Garza.

 

EN BUSCA DE LOS FRANCESES

En el verano de 1686 tuvo lugar la primera expedición terrestre española hacia las riberas del bajo río Bravo y hasta su desembocadura. Se trató de un contingente de soldados presidiales e indios amigos organizado en el Nuevo Reino de León bajo el mando del capitán Alonso de León, “el Mozo”, ante la noticia del reciente desembarco francés en algún punto del litoral de la costa del Seno Mexicano (como se le conocía entonces al Golfo de México), y con la misión de ir a repelerlo. En efecto, se trataba del desembarco e instalación de un fuerte en la bahía de Matagorda, en lo que más tarde se denominaría Texas (hoy condado de Victoria), por parte de René Robert Cavalier, Caballero de la Salle, quien se arrogaba la posesión legítima de ese territorio a favor de la corona de Francia. Cerralvo fue el punto de partida de la expedición, donde a las pocas leguas hacia el norte comenzaban los territorios ignotos, no obstante se tenía la plena presunción de que la boca del Bravo debía estar en algún punto al oriente del río San Juan, topándose con aquella corriente a los cinco días de marcha, siguiendo su curso por toda su orilla derecha, cubierta esta por “montes muy espesos”.

 

ENCUENTRO CON LOS INDIOS DE LAS RIBERAS DEL BRAVO

Y fue al siguiente día cuando encontraron las primeras evidencias humanas, al toparse con una ranchería en la que era evidente que había sido apresuradamente abandonada, sin duda al sentir la presencia de los españoles, pues dejaron “todas sus alhajas”, e incluso observaron que un grupo de indios de ambos sexos nadaban hacia la otra orilla, y aunque los llamó el capitán De León no hicieron caso y, en cambio, un indio lanzaba sus flechas a través del río, sin temer que le dispararan con un arcabuz, “con que discurrimos que no había visto españoles”. Más adelante encontraron un ahiladero de media legua hecha por los indios entre la espesura del bosque ribereño, lo mismo que muchas veredas. A los diez días de marcha y antes de ponerse el sol aparecieron unos cuarenta indios, pero al tratar de acercarse a ellos huyeron entre el monte. Al día siguiente apareció otro grupo un poco mayor, pero tampoco se logró hacer contacto con ello y solo hubo un intercambio de objetos en terreno neutral, obteniendo De León un plumero, a cambio de un pañuelo y un cuchillo. Dos días más tarde, escucharon unos alaridos del otro lado del río, como de treinta indios, “haciendo señas que se viniesen o que se habían de juntar y matarnos a todos”. También tocaban con dos flautas. Casi enseguida les salieron a los españoles una “escuadra como de setenta” indios, pero no los acometieron; tal vez incomodados que los españoles se encaminaban a uno de sus lugares sagrados, ya que llegaron a un llano donde había “un gran rastro, donde al parecer se juntaron a algún baile más de trescientos indios”.

 

EL LUGAR DE LA FUTURA CIUDAD DE MATAMOROS

El día 12 de julio el capitán Alonso de León y su expedición llegó al sitio donde hoy se erige la ciudad de Matamoros, identificado por el estero que formaba el río. Allí durmieron y al día siguiente continuaron el camino rumbo a la desembocadura. Al poco avanzar encontraron junto al río “un gran rastro que dejó una ranchería” de indios unos quince días atrás, y donde encontraron una duela de barril; y tras seguir avanzando “con mucho recato”, al caer la tarde llegaron a una ranchería de indios, que al divisar a lo lejos a los españoles, “tuvieron lugar de desampararla”. No obstante, tres indias fueron interceptadas, y “acariciadas y preguntadas por señas dónde había españoles y gente vestida”, señalaron que se encontraban en dos lugares hacia el norte, a los que mencionaban con los nombres de Tanguili y Zaguili en su idioma, que no pudieron entender, como tampoco la distancia a la que se encontraban. En esa ranchería se encontraron un pedazo de pipa, un perno de navío quebrado, un eslabón de cadena y un pedazo de vidrio. Cerca de allí durmieron, y con la calma de la noche escucharon “el bramido del mar”.

 

PRIMER SONDEO DE LA BOCA DEL GRAN RÍO

El domingo 14, día de San Buenaventura, el capitán De León se aprestó para llegar hasta al mar, no sin antes abrirse paso con dificultad entre ciénagas, carrizales, espesuras de mimbres y montes espesos que cubrían la orilla del río. Su primera impresión fue no encontrar vestigio alguno de la presencia de españoles ni de extranjeros. Acto seguido pasó a reconocer las características de la desembocadura, que así describió:

“Entra muy turbio en la mar, como una legua de distancia, la mar adentro; el agua es de color bermejo; tiene la boca, de ancho, un tiro de mosquete, poco más. Mandé hacer una balsa y sondear en cinco o seis partes, y la más honda fue de siete brazas y media y ocho; con que puede entrar nao de alto bordo (embarcación de gran tamaño), a lo que parece, como dos leguas adentro”.

La medición astronómica en ese lugar dio una medición de “veinte y cinco grados y cuarenta y cinco minutos de altura norte”, aunque el capitán De León tuvo una cierta duda de su correcta lectura por estar algo descompuesto el astrolabio que portaba. También dedico día y medio para explorar el litoral rumbo al sur, reportando que “la mar es muy brava, aunque no haya mucho viento”, con la playa “muy limpia, sin peñasco alguno, y muy andable la orilla, a caballo, que no se atascan”, y que con las mareas “crece y mengua de más de un estado”. Encontró algunos rastros frescos de la presencia de indios y mucha madera arrojada por el mar de distintas especies de árboles, como también apreció admirado unas cañas de maíz arrancadas de cuajo y a punto de jilotear. Por su parte las evidencias de la presencia marítima europeas fueron de lo más variada, al decir:

“Hallamos alguna tablazón de costados de navíos, vergas, masteleros y pedazos de quilla y de timón; fondos de pipas, duelas, boyas y cuatro ruedecillas de pieza de artillería; una pipa con aros de mimbre; tres canoas quebradas; una redomita de vidrio redonda, muy gruesa, tapada con un corcho, que, destapada, hallé en ella un poco de vino ya corrupto; el vidrio es muy visto, y parece no fue labrada en los reinos de Castilla, según su forma. Y finalmente hubo en esta orilla de todo género de madera y ruinas de navíos, con que sin duda zozobraron algunos en ella, por la diversidad de dichas ruinas, y la madera ser más antigua que la otra”.

A inicios del siglo XVIII tuvo lugar otra expedición a la boca del Bravo proveniente del Nuevo Reino de León, a cargo del capitán Juan José Hinojosa, pero sin que hasta ahora conozcamos los detalles su derrotero. Sería hasta 1747 cuando el coronel José de Escandón realizó el reconocimiento previo al establecimiento del Nuevo Santander, volvería a la boca del Bravo y nuevamente realizaría un sondeo en la boca del Bravo.

 

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