De política y cosas peores

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Catón.-

Una hermosa doncella llegó al Cielo y pidió ser admitida en la mansión celeste. Le preguntó San Pedro, el ceñudo apóstol de las llaves: “¿Eres virgen?”. Respondió ella: “Sí”. El portero, desconfiado, llamó a un ángel ginecólogo y le ordenó que examinara a la muchacha. Tras revisarla el especialista rindió su informe pericial: “La joven es virgen pero presenta siete rasguños en la membrana de su doncellez”. Manifestó San Pedro: “Si la tiene íntegra eso significa que ha conservado la virginidad. Puede entrar”. Se volvió hacia la joven y le pidió: “Dime cómo te llamas, para registrarte”. Respondió la muchacha: “Blanca Nieves”… Muchos de los que votaron por López Obrador piensan que con su llegada a la Presidencia el país cambiará de la noche a la mañana. Acabará la

corrupción; se implantará el reinado de la ley y la justicia; volverá a la República la paz y todos verán resueltos sus problemas económicos. Desde luego eso no sucederá, y las esperanzas se volverán desilusión. El riesgo estriba en que quienes adoraron a AMLO luego lo detestarán y le reclamarán su incumplimiento de promesas. Vaya preparando desde ahora el próximo Presidente sus explicaciones. Las va a necesitar. Don Abdómero sufría mucho a causa de su obesidad. Los doctores le diagnosticaron un mal que la ciencia médica conoce con el nombre de Adiposis Orchalis, forma de hipertrofia asociada con la falta de desarrollo genital. Le recomendaron que hiciera alguna dieta. Don Abdómero hizo cinco al mismo tiempo, pues una sola no le permitía los suficientes alimentos. Ni un solo gramo pudo bajar el infeliz; antes bien siguió aumentando más de peso. Cuando subía a la báscula se oía una vocecita que decía: “Por favor, sólo una persona a la vez”. La que hablaba era la báscula. ¡Pobre don Abdómero! Su peso le complicaba mucho la existencia, sobre todo en el renglón sexual. Cuando hacía el amor le pedía a su esposa: “Muévete”. Contestaba ella: “Pos bájate”. La gota que derramó el vaso llegó un día que don Abdómero estaba en su automóvil, con las ventanillas levantadas. Un niño le preguntó a través del cristal: “Perdone, señor: los vidrios ¿son de aumento?”. Fue entonces cuando se decidió a ir a un spa que ofrecía curar la obesidad. La técnica del establecimiento consistía en hacer correr a los pacientes hasta el límite de su resistencia, para lo cual les ofrecía estímulos diversos. El primer día un médico llevó a don Abdómero a la pista de carreras y le presentó a un joven atleta que llevaba en la mano un talego lleno de billetes, con un letrero que decía: “Si me alcanzas será tuyo el dinero”. Salió corriendo el deportista. Atrás de él corrió el pobre don Abdómero. Bien pronto hubo de detenerse, pues iba echando ya los bofes. Al día siguiente el médico le dijo: “El estímulo que le pusimos ayer fue insuficiente. Hoy le tenemos preparado uno más poderoso”. El tal estímulo resultó ser una atractiva joven de estupendas curvas en cuyo bikini se leía: “Si me alcanzas podrás hacerme el amor”. Esta vez don Abdómero se esforzó más, pero tampoco pudo recorrer ni la décima parte de la pista: su enorme peso lo venció, y cayó derrengado en el tartán. “Empeño vano el nuestro, afán inútil -dijo el facultativo, que por esos días tomaba un diplomado en literatura española del siglo XIX-. Mañana pondremos en práctica con usted nuestro más potente estímulo”. Cuando al día siguiente don Abdómero llegó a la pista encontró en ella un enorme gorila con un letrero al cuello que decía: “Si te alcanzo podré hacerte el amor”. Ese día ¡vaya que corrió el obeso señor!… (Nota: En su caso cualquiera de nosotros habría también corrido, y seguramente con mayor velocidad). FIN.

 

MIRADOR

Armando Fuentes Aguirre

 

Mientras escribo esto ha entrado en mi biblioteca un pedacito de art nouveau: una libélula.

Llegó a través del ventanal y fue por un instante toda gracia, toda belleza, toda levedad. El peso de los libros se volvió ligero; me pareció que el busto de Beethoven intentaba una sonrisa a pesar suyo. Luego de ser en mí la frágil visitante fue otra vez en ella y se marchó. Ni el instante ni la libélula regresarán.

A veces pesa el alma. Pesa tanto que el cuerpo no puede casi sostenerla, y se agobia y fatiga con su carga. El alma debería ser una libélula, no más que una libélula que solo por equivocación entrara donde hay libros y severos bustos. Si así fuera, iría por el aire y por la luz; tendría la transparencia de las cosas sencillas, y nuestra alma sería toda gracia, toda belleza, toda levedad.

¡Hasta mañana!…

 

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