El Diablero es un diablo

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Eduardo Narváez.-

Eufemio no podría cargar más de 30 kilos de una sola vez por una temporada de nueve a 12 meses o podría quedar paralítico de por vida. Retó a su aguante y fuerzas cargando poco más de 20 sacos de 70 kilos seguidamente. Recorría las calles cercanas al mercado de La Merced pensando en qué podría ocuparse mientras tanto. Conocía a cientos de locatarios de toda clase de mercancías. Al solicitar a estos un trabajo le contestaban, pensando en su columna afectada, que por el momento no tenían algo para él.

Su amigo Tobías, su socio de transporte de mercancías en diablos lo animaba: “Deja la ‘depre’ para algo de veras grueso, en la vida no todo es cargar. Acuérdate de que te saqué de hacer mandados, vender elotes y tamales. Dile a los comerciantes que estudiaste la primaria –mientras estuvo en el orfanatorio-, que sabes leer y hacer cuentas; que puedes atender detrás del mostrador o en las bodegas de semi-mayoreo; siempre aclarando que dejaste de ser el mejor diablero del rumbo”.

Cavilaba por las calles de la Lagunilla cuando se topó con don Clemente, un anticuario conocido por esos lugares, quien le dijo que lo conocía de vista, ya que en una ocasión lo vio cargar una torre de cajas en un pequeño diablo de fierro.

– ¡Ah, sí!, pues por andarle haciendo al fortachón por poco me quedo paralítico. En La Merced me conocen muchos comerciantes que piensan que no sé más que cargar. Ahí le encargo algún trabajo. Estudié la primaria y sé hacer cuentas rápido y bien, como todo comerciante de estos barrios –en breve le informó a don Clemente.

– Mira, yo estoy pasando por un buen momento en mi negocio de antigüedades. Sucede que mucha gente rica que vivía en casas o departamentos del centro de la ciudad y en colonias aledañas como la Anzures, Zona Rosa, Juárez, Roma, Condesa. Los departamentos son grandísimos –de 150 a 200 metros cuadrados–; se están cambiando a nuevos centros inmobiliarios dizque propios de su alcurnia como las colonias Polanco, Ciudad Satélite, Lomas de Chapultepec –otro boom de las antigüedades se daría más tarde, a partir del uno de enero de 2002 cuando se descongelaron las rentas en el DeEfe–. Ahí cabían muchos muebles, parte de los cuales habían heredado de sus ancestros. Entonces se decían “casa nueva, nueva vida, nuevos vecinos distinguidos, nuevos muebles”. Y vengan para acá todos esos muebles antiguos a precios irrisorios –no tienen idea de lo que se desprenden a cambio de unos cuantos cientos de pesos– Como puedes ver aquí tengo toda clase de comedores, recámaras, escritorios, libreros labrados en finas maderas; así como pinturas, esculturas de bronce, ajedrez, fonógrafos, cajas musicales, y toda clase de chácharas: monedas, estampillas, escudos y heráldicas de familias; objetos de decoración, bisutería, condecoraciones y hasta libros. Eso me recuerda a unos de los más famosos anticuarios que vendía –como la mayor parte de ellos– sólo los domingos. Sabía comprar y vender sin ganar mucho o poco –entre la mayor y menor cotización–. Por ahí se vio a María Félix, Cantinflas, Irma Serrano, Carlos Monsiváis. También acudo a diversas subastas, a oficinas de gobierno que venden mobiliario almacenado por mucho tiempo, a mercadillos que no saben lo que compran y por tanto a cómo lo venderlo; consultando los obituarios, para pasado un tiempo hacerse el aparecido preguntando si no tienen algo viejo que vender.

–Ya veo, ya veo –dijo desconcertado Eufemio–, pero a qué viene todo esto; que pitos toco yo.

–Pues que me llaman muchas familias para que les compre por lotes. Yo llamo a las mudanzas. Los macheteros me esconden algunas piezas chicas y a veces hasta medianas. No puedo hacerlo todo; necesito un ayudante que podías ser tú. No cargues nada pesado, sólo lo que puedas y las menudencias valiosas. Cuenta y anota todo. Cuando no andemos recolectando, vigilas que no se lleven de la tienda anillos, relojes, dijes, pulseras.

Don Clemente observaba que en los muchos momentos en que no había clientes –él era de los pocos anticuarios que abría todos los días, salvo los lunes–, Eufemio, al fin joven, se aburría. Entonces le daba consejos: “Cuando trabajes en algo, sé el mejor en tu ramo: “Sé el mejor bolero, el más atento mesero, el más diestro anticuario; así como fuiste el mejor diablero del mercado de La Merced.

Don Clemente lo enseñó a distinguir si algún mueble u objeto era antiguo o era alguna imitación. “Mira, si algún mueble tiene un corte hecho con sierra circular, o aplicación de un instrumento moderno, deséchalo de inmediato por obvias razones”; “Aquí tienes una lista de la cotización de las monedas; las de tal valor, de tal año, de tal metal, valen tanto”; “Si tal condecoración tiene un águila que aún no se usaba, es burda imitación; aquí tienes una libreta con toda clase de águilas estampadas o esculpidas en qué años; observa también el escenario que la rodea: el nopal floreado, el águila real, la serpiente mexicana (de cascabel, se muestra curveada), agua, caracoles, ramas de laurel y encino y listón tricolor. Si ves que el águila muestra su perfil derecho o sujeta la serpiente con la pata derecha, es burda imitación.

Eufemio tuvo ideas para mejorar el negocio: visitaba los tianguis de antigüedades los domingos; para que la competencia no lo reconociera, cambiaba su look con pelucas y bigotes diversos; estudiaba las antigüedades, características, defectos, sus precios de primera intención. Le informaba de todo ello a Clemente, quien le indicaba el regateo para llegar a tal precio.

Sin embargo Eufemio no siguió los consejos de Clemente en cuanto a honradez, rectitud, formalidad: como tenía mucho tiempo libre, buscó la manera de agenciarse de otros ingresos. Su amigo Tobías también le aconsejaba que tuviera paciencia y tal vez el día de mañana ganara más, que Clemente lo hiciera su socio o pusiera su propia tienda de antigüedades. Que no quisiera ganar tanto dinero como algunos de por el rumbo que vendían drogas, porque para ser el mejor como le aconsejaban; aunque no lo creyera, se necesitaba liderazgo para mandar a todo un mundo de caracteres recios, que se jugaban la vida. No hizo caso y empezó la carrera. Al ver que Tobías tenía razón, reculó y volvió a la senda del bien ganar con don Clemente. Pero ya tenía la espinita de ganar mucho y rápido.

Don Clemente no siempre llegaba a un acuerdo de precios de primera intención con sus clientes. Los ablandaba. Otros anticuarios llegaban y ofrecían mucho menos, acostumbrados a ganar mucho más. Pasado un tiempo prudente se presentaba de nuevo don Clemente y convenían rápidamente en el precio justo. Entonces llegaba Eufemio; ofrecía un poco más y le ganaba la compra a Clemente. Ofrecía lo adquirido con una plusvalía a otros anticuarios, pidiéndoles discreción.

Creció su ambición por ganar más y sin mucho trabajo. Entonces planeo varias visitas de tal manera que obtenía más información sobre los sirvientes, cuando estaba la casa sola o los obstáculos que había que allanar para entrar a las casas. Consiguió socios para su empresa.

Cuando reunió un buen capital puso su negocio de antigüedades. Clemente le recordó sus consejos, toda vez que tenía conocimiento de que algo andaba mal.

Eufemio se casó con Inés. La llevó a vivir en un hotel regular cerca de La Lagunilla. Su plan era volver al redil, pues ya tenía un buen capital. Dejar de robar para evitar sobresaltos a su esposa. Pero no contaba con que lo seguían no por sus fechorías recientes; sino por el modesto negocio de la venta al menudeo de la yerba verde. Cada visita de los implacables agentes le costaba fuertes cantidades. Cuando el efectivo se agotó, cedía parte de los muebles y objetos antiguos más valiosos. Hubo un momento en que lo mejor era abandonar el negocio y refugiarse lejos. El sitio ideal era Los Ángeles, Iztapalapa. Su familia tenía sólo los ingresos que aportaba Inés por la venta de sus ungüentos y medicamentos. A los dos años Inés tuvo a su hija Antonia. Eufemio se volvió todo amor, culeco, prometió volver a trabajar en lo que fuera para que no le faltara mucho a su niña. Volvió a vender elotes y tamales. Tobías, quien ahora vivía en la colonia Narvarte, supo Eufemio había regresado a Los Ángeles. Lo buscó. Le ofreció trabajo en su negocio creciente y redituable: pensando en el antiguo patrón de Eufemio, quien se había vuelto millonario con la venta de los tamales oaxaqueños; él, al ver que en La Merced tenía mucha venta los tacos de canasta, decidió incursionar en tal negocio. Sus principales vendedores eran hombres y mujeres jóvenes que tenía su clientela en otro gran mercado que se acababa de inaugurar, mucho más grande que el de La Merced, el cual iba a desaparecer al abrirse –en 1982- La Central de Abastos.

 

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